Rionegro, 1 de septiembre de 2025 – Hace cuatro décadas, el 29 de agosto de 1985, un jet FAC-001 con el presidente Belisario Betancur a bordo aterrizó en el recién estrenado aeropuerto José María Córdova de Rionegro, ante la mirada de más de 5.000 antioqueños. “Este aeropuerto es un testimonio de la tenacidad del pueblo de la dura cerviz”, proclamó Betancur, celebrando una obra que, tras 13 años de tropiezos, abrió los cielos de Antioquia al mundo. Al cumplir 40 años, este ícono moviliza más de 14 millones de pasajeros anuales y se consolida como el segundo aeropuerto más importante de Colombia, aunque enfrenta nuevos retos para sostener su crecimiento vertiginoso.
Un camino empedrado hacia el cielo
La historia del José María Córdova es un relato de persistencia. Todo comenzó en 1950, cuando un estudio internacional señaló que el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, incapaz de operar de noche o recibir aviones grandes, no soportaba el crecimiento de una ciudad cuya demanda aérea se multiplicó por 16 entre 1943 y 1960, pasando de 48.000 a 793.000 pasajeros. La solución inicial, construir en el Llano de Ovejas (San Pedro de los Milagros), fue descartada por vientos desfavorables, según la firma francesa Sofreavia. En su lugar, se eligió una franja de 270 hectáreas en Sajonia, Rionegro, para una terminal moderna.
El proyecto, anunciado en 1961 por el presidente Alberto Lleras Camargo como parte de cuatro aeropuertos internacionales, enfrentó un vía crucis. Los estudios avanzaron bajo Carlos Lleras Restrepo, y la financiación arrancó con Misael Pastrana, quien en 1973 prometió a EL COLOMBIANO que Medellín tendría su aeropuerto. Sin embargo, el cambio de gobierno en 1974 trajo un baldazo de agua fría: Alfonso López Michelsen y su director de Aerocivil, Alfonso Caicedo, aplazaron la obra, calificándola de “elitista”. La indignación de la prensa y congresistas antioqueños, sumada a la presión de Proantioquia, fundada en 1975, revirtió la decisión. En 1979, Julio César Turbay, tras reunirse con empresarios, aceleró la compra de predios, y con créditos del Banco Mundial y el BID ($2.400 millones), la construcción culminó en 1985.
El José María Córdova no solo fue una obra física; simbolizó la ruptura del “encierro claustral” de Antioquia, como dijo Betancur, conectándola al “torbellino internacional”.
Un gigante que transforma el Oriente antioqueño
Hoy, el José María Córdova es mucho más que un aeropuerto. Con 21 destinos internacionales directos, 13.000 colaboradores y más de 43.000 pasajeros diarios, es un motor económico que ha transformado el Oriente antioqueño. Según Sandra Restrepo, directora de Cotelco, el 62% de sus usuarios son extranjeros, consolidándolo como una puerta global. En 2025, se espera cerrar con más de 14 millones de pasajeros, superando su capacidad diseñada de 11 millones.
Este crecimiento ha dinamizado el turismo, el comercio y la inversión en la región. Hoteles, centros comerciales y desarrollos urbanísticos florecen alrededor de Rionegro, mientras el aeropuerto impulsa sectores como la logística y el comercio exterior. Como periodista económico, he visto cómo infraestructuras como esta generan un efecto dominó: cada pasajero que aterriza es una oportunidad para el empleo y la competitividad.
Desafíos del presente: La segunda pista y Más
Sin embargo, el éxito trae retos. Con una infraestructura al límite, el aeropuerto necesita una segunda pista y mejoras tecnológicas para alcanzar una capacidad de 17 millones de pasajeros anuales. La región libra nuevamente una batalla en Bogotá, exigiendo inversión estatal para no perder competitividad. “Urge una intervención para responder al futuro que Antioquia ha depositado en esta terminal”, señala Restrepo, reflejando un eco de las luchas de los años 70.
La congestión actual recuerda los días del Olaya Herrera, cuando Medellín clamaba por un aeropuerto a la altura de su crecimiento. Si no se actúa, el José María Córdova podría convertirse en víctima de su propio éxito, limitando el desarrollo regional.
Un legado de tenacidad
A 40 años de su inauguración, el José María Córdova no solo conecta a Antioquia con el mundo; es un símbolo de la resiliencia de una región que no se rinde. Desde las negociaciones con presidentes hasta los créditos internacionales, su historia es un recordatorio de que los grandes logros requieren esfuerzo colectivo. Hoy, mientras los aviones surcan los cielos de Rionegro, el aeropuerto sigue siendo un faro de progreso, pero también una advertencia: sin inversión, el futuro podría quedar en tierra.














