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Opinión: La Unión Europea sin Euro

Por: Javier Mejía Cubillos

Twitter: @javiermejiac

La Unión Europea (UE) es uno de los experimentos más loables de la historia de la humanidad. Comunidades que durante siglos lucharon a muerte por dominarse las unas a las otras, resolvieron, en cuestión de décadas, asociarse y dar paso a la sociedad más abierta y respetuosa que ha haya existido alguna vez. Definitivamente, la UE es un símbolo de la capacidad de los seres humanos para tolerar las diferencias y compartir los frutos de la civilización.

Sin embargo, por algún extraño fetiche monetarista, ha solido identificarse en la existencia de la moneda euro la única evidencia de éxito de la UE. El asunto es interesante, ya que de los llamados “tres pilares” que formarían la UE (Comunidad Europea del Carbón y del Acero -CECA-, Comunidad Europea de la Energía Atómica –Euratom– y la Comunidad Económica Europea -CEE-), solo uno, la CEE pretendía lograr integración económica generalizada entre el continente (la CECA y la Euratom tenía objetivos similares, pero mucho más particulares). E incluso, la CEE no surgió como una unión monetaria (ni ninguno de los otros 2 pilares), sino como una unión aduanera, que pretendía alcanzar los beneficios de la libre movilidad de los factores productivos y las mercancías.

Aunque es posible identificar algunas intenciones de establecer cooperación monetaria en Europa antes, solo hasta el Acta Única Europea, firmada en 1986, se puede reconocer un esfuerzo consciente por alcanzar una moneda común que facilitara la integración del mercado europeo.

Evidentemente, una moneda común simplifica la integración de los mercados, pero no es una condición indispensable. El mercado libremente, como lo hizo durante siglos, está en capacidad de reconocer las monedas más fuertes y convertirlas en dominantes. En esa medida, la UE puede sobrevivir sin el euro, y no me refiero exclusivamente a la estructura política, la misma integración económica es posible sin euro zona.

Ahora bien, en el último año, las presiones sobre el euro han arriesgado la cohesión y existencia misma de la UE. Los proyectos políticos proteccionistas vinculan el mal desempeño de las economías europeas a la existencia del euro (con cierta razón) y a la UE como tal (con mucha menos razón). La cuestión ha sido sobrediagnosticada, la unión monetaria no puede coexistir sin una unión fiscal. Las posibilidades de conformar una unión fiscal europea son bastante remotas en el mediano plazo; así, aunque a través de rescates y paquetes de ayuda sea posible hallar una salida a la crisis de la deuda, la UE sigue siendo igual de vulnerable a futuras crisis de la misma índole.

Si bien los acuerdos en cuanto a topes de gasto y demás límites fiscales pueden ser útiles, su aplicación se dificultará en el largo plazo. No se debe olvidar que acuerdos de este tipo ya existían y su cumplimiento, evidentemente, fue insuficiente. Por ejemplo, para entrar a hacer parte de la zona euro, los Estados debían tener déficit fiscales menores al 3% del PIB, razones de deuda inferiores al 60% del PIB, baja inflación y tasas de interés cercanas a la media de la UE. Aquí vale la pena recordar que alcanzar metas fiscales es sencillo, lo difícil es mantener la disciplina en largo plazo.

Los costos de eliminar el euro serán muy altos, pero podrían ser menores a los de mantenerlo. De nuevo, no estoy hablando solo de la unión económica, estoy hablando de la unión política y social. Crisis repetidas del euro permitirán el ascenso de las legiones proteccionistas y nacionalistas al poder, y llevarán a un desmembramiento progresivo de la UE. Tal como Milton Friedman solía recomendar en los años de estanflación en el mundo occidental, resolver los problemas monetarios (concretamente, la inflación) trae costos de corto plazo altísimos, pero suelen ser soluciones definitivas. La UE puede sobrevivir sin euro, pero el euro no lo puede hacer sin UE.

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