Nueva York, 12 de septiembre de 2025 – ¿Qué se le regala a un hombre como Elon Musk, que ya puede comprar prácticamente cualquier cosa? La respuesta de la junta directiva de Tesla es audaz: hasta US$1 billón en acciones, un paquete de compensación sin precedentes en la historia corporativa que podría convertirlo en el primer trillionario del mundo. Anunciado el viernes, este nuevo plan –que los accionistas evaluarán pronto– otorga a Musk potencialmente 423,7 millones de acciones adicionales, valoradas inicialmente en US$148.700 millones al precio de cierre de ese día.
Sin embargo, su verdadero potencial se desata si Tesla alcanza hitos ambiciosos: un valor de mercado de US$8,5 billones –ocho veces su capitalización actual de alrededor de US$1,1 billones– y ganancias operativas ajustadas de US$400.000 millones, 20 veces su récord previo. En un momento en que Tesla enfrenta ventas estancadas en vehículos eléctricos y competencia feroz en IA y robótica, este «regalo» no es solo retención de talento, sino una apuesta estratégica por el futuro de la compañía, impulsando sus acciones un 3% tras el anuncio.
Un paquete histórico: Acciones condicionadas a un crecimiento épico
El plan, detallado en un filing ante la SEC, divide las acciones en 12 tramos iguales, con metas que comienzan en un valor de mercado de US$2 billones –casi el doble del actual– y escalan hasta US$8,5 billones en una década. Musk no recibe nada de inmediato; cada tramo se desbloquea al cumplir objetivos operativos como entregar 20 millones de vehículos, 10 millones de suscripciones activas a Full Self-Driving (FSD), 1 millón de robots humanoides y 1 millón de robotaxis en operación comercial, junto con benchmarks de EBITDA ajustado. Si se logra todo, Musk elevaría su participación del 13% actual al 25%, dándole el control de voto que exige para liderar en IA y robótica sin temor a ser «revocado».
La junta, liderada por Robyn Denholm, justifica esta extravagancia argumentando que Musk es «único» en su visión para transformar Tesla en un gigante de la «abundancia sostenible» mediante IA física, vehículos autónomos y robots. Sin embargo, admiten que Musk ha tratado Tesla como un «trabajo de medio tiempo», dividiendo su atención entre SpaceX, Starlink, xAI (dueña de X, ex-Twitter, comprada por US$44.000 millones en 2022) y su incursión política, incluyendo el fallido Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) en la era Trump. Este paquete surge tras un 2024 turbulento: un juez de Delaware anuló un plan anterior de US$56.000 millones por ser «injusto» para accionistas, y Tesla reubicó su sede a Texas para evitar regulaciones similares.
El control como motivación: Musk amenaza con «irse»
Musk ha sido explícito: necesita el 25% de control para avanzar en IA sin riesgos. En una publicación en X de enero de 2024, escribió: «No me siento cómodo haciendo crecer Tesla para que sea líder en IA y robótica sin tener alrededor del 25% del control de voto. Suficiente para influir, pero no tanto como para que no pueda ser revocado. Si no es así, preferiría desarrollar productos fuera de Tesla». Durante las negociaciones, Musk «planteó la posibilidad de dedicarse a otros intereses que podrían darle mayor influencia si no recibía dichas garantías».
Económicamente, el paquete alinea incentivos: Musk gana solo si Tesla crece exponencialmente, beneficiando a accionistas. Optimistas como Munster ven en la IA física –robotaxis, robots humanoides– un mercado «que me cuesta imaginar», con Tesla «arañando la superficie». Si se alcanza US$8,5 billones, superaría el doble del récord histórico de Apple (US$3,5 billones en 2024), posicionando a Tesla como líder en movilidad autónoma y robótica, sectores proyectados en US$10 billones para 2030 por McKinsey.
Críticas y realismo: ¿Promesas o manipulación?
No todos aplauden. Críticos como Gordon Johnson, analista de GLJ Research, acusan a Musk de ser un «maestro manipulador» que infla el valor de Tesla con promesas incumplidas: desde 2014 promete autos totalmente autónomos «el próximo año», pero no ha ocurrido, aunque Wall Street lo valora en «miles de millones». Natalia Renta de Americans for Financial Reform critica la desigualdad: el salario mediano de un empleado de Tesla es menos de US$60.000, mientras Musk podría sumar US$900.000 millones a su fortuna de US$400.000 millones.
Aun así, la aprobación parece probable: accionistas han respaldado paquetes previos, incluso revalidando el de 2024 anulado por un juez. «Pensarán ‘en realidad no tengo nada que perder’… Si las metas son tan altas que si las logra, yo ganaré mucho dinero. Así que qué importa si él se lleva un billón de dólares», predice Gerber, aunque lo califica de «absurdo».
Implicaciones: ¿El precio de la visión o un riesgo corporativo?
Este paquete subraya la dependencia de Tesla de Musk, cuya «visión singular» ha escalado la compañía de startup a gigante de US$1,1 billones, pero también ha generado volatilidad: ventas cayeron 5% en 2024 por su giro político, ofendiendo a compradores liberales. En un mercado EV estancado –competencia de BYD y Ford–, el foco en IA y robótica es riesgoso, pero potencialmente transformador.
Como periodista con dos décadas cubriendo tecnología y finanzas, veo en este plan un doble filo: motiva a Musk a enfocarse en Tesla, alineando su fortuna con el éxito corporativo, pero expone riesgos si las metas fallan, como en promesas pasadas. Para accionistas, es una apuesta high-stakes: si Musk logra lo imposible, todos ganan; si no, podría diluir valor y erosionar confianza. En un mundo donde la IA redefine industrias, Tesla –y Musk– siguen siendo el faro, pero con un costo que redefine el capitalismo corporativo.














