
Por: Javier Mejía Cubillos
Twitter: @javiermejiac
El futuro de la economía colombiana parece estarse nublando. Los datos recientes sobre el desempeño económico de Colombia son buenos, sin embargo, dan claras señales de enfriamiento. José Antonio Ocampo, en una entrevista reciente, argumentaba cómo ello sería evidencia de la llegada de la enfermedad holandesa que hacía tanto tiempo había pronosticado. La postura de Ocampo no solo es equivocada, sino también contraproducente.
En primer lugar, la diversificación lograda por el aparato productivo en años recientes es, para estos momentos, evidente. Contrario a lo que dice Ocampo, el ritmo de crecimiento de la rama de la agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca, cercano al 1,3% (desestacionalizado) en el primer trimestre, fue bastante bueno. Esto a pesar del mal desempeño del sector cafetero. Gran dinamismo también reportaron otras ramas como el transporte, almacenamiento y comunicaciones (1,7%); establecimientos financieros, seguros, actividades inmobiliarias y servicios a las empresas (1,6%) y suministro de electricidad, gas y agua (2%).
Lo que estamos presenciando no es que la locomotora minero-energética esté afectando otros sectores debido a su alto crecimiento, todo lo contrario, lo que estamos observando es que la locomotora minero energética se está desacelerando, dejando de impulsar al resto de la economía. Así, la rama de la explotación de minas y canteras tan solo creció el 0,4% en el primer trimestre del año, cuando en el mismo período del año pasado había crecido 5,7%. Incluso, uno de los sectores que más se desaceleró en el primer trimestre dentro de la industria (la cual apenas dejó de crecer) fue la refinación de productos derivados del petróleo (-5,4%).
Las causas de dicha desaceleración son bastante complejas. Por un lado, la prolongación de la crisis económica en Europa, la desaceleración de China y el alejamiento de la recuperación en EEUU no han permitido la recuperación de la demanda internacional. Por el lado de la oferta, las dificultades también parecen ser crecientes. Para poner como ejemplo el sector petrolero, por más que sea el protagonista de un furor mediático que habla de millonadas en beneficios, su realidad parece ser algo oscura. La producción petrolera cerró mayo en 936.000 barriles por día en promedio, valor casi idéntico al de mayo de 2011. Adicionalmente, en lo corrido del año, ningún hallazgo petrolero en Colombia ha podido ser comercial, siendo de 0% el factor de éxito exploratorio. Estos efectos empiezan a sentirse en la rentabilidad de las compañías petroleras y en su cotización en bolsa.
Además, a esto debe sumársele la creciente oposición de la opinión pública a la actividad del sector; la cual, guidada por esquizofrenias colectivas, como los temores a la enfermedad holandesa, ha representado trabas cada vez mayores a la exploración y producción minero-energética. En sintonía con aquella oposición, la regulación estatal también ha empezado endurecerse. El marco institucional estable, que tan buenos frutos trajo al sector en los últimos años, parece estarse desmoronando junto a la popularidad del gobierno de turno.
En conclusión, la obsesión de gente como José Antonio Ocampo por negar la posibilidad de que la economía pueda crecer equilibradamente de forma simultánea al sector minero-energético, podría terminar aportando a sofocar el boom colombiano. Todo esto recuerda a la testarudez de Heinrich Schliemann, el millonario arqueólogo que descubriera la Troya homérica, quien durante su posterior exploración a Tirinto, desconociendo los comentarios de sus colaboradores y obsesionado por que los frescos encontrados no podían ser de época anterior a la bizantina, mandó a que fueran destruidos. Sin saberlo, Schliemann había arruinado los frescos únicos que databan del período más floreciente de la vida de la ciudad (cerca al 1300 A.C.), dañando irreparablemente el patrimonio histórico y cultural de la humanidad.














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