La recesión internacional actual y su origen en la crisis financiera de 2008 han reavivado una gran cantidad de polémicas en la teoría económica; así, la rivalidad entre liberales y keynesianos no había sido tan clara desde los años 70s. Sin embargo, dichas disputas parecen haberse resuelto en un punto concreto: la regulación financiera. Fue tan estrepitoso el colapso del sistema financiero americano que incluso los mayores defensores del liberalismo económico consideraron que la estabilidad financiera parecería requerir cierto tipo de regulación.
Esto es en parte cierto; y aunque el llamamiento a la regulación tiene, en muy buena medida, un origen mediático y populista, vinculado a movimientos sociales – por ejemplo los indignados – y pretensiones electorales; existen algunas razones “técnicas” para considerar a los mercados de capitales como mercados con frecuentes fallas. Desde hace ya décadas, la atención sobre las fallas de los mercados de capitales se enfocó en las asimetrías de información existentes entre agentes, aspecto que justificó el establecimiento de fuertes esquemas regulatorios y un estrecho seguimiento estatal. Pero dichas fallas no representan más que un inconveniente menor al comparar sus impactos con los del riesgo sistémico – la posibilidad de que el colapso de una institución financiera conlleve el colapso del resto del sistema –, aspecto sobre el que se ha concentrado el interés desde 2008 y que ha propiciado una nueva ola regulatoria.
A pesar de ello, la inestabilidad inherente al sistema financiero se ha exagerado, subestimando los incentivos propios del mercado de capitales para autorregularse y acompañando los argumentos de sermones morales, vinculados a la avaricia con la que se comportaron los banqueros previamente a la crisis. Por más criticada que sea la hipótesis de los mercados eficientes – teoría dominante hasta el estallido de la crisis financiera, y que considera que permanentemente los títulos financieros están perfectamente valorados, obteniendo los inversionistas rendimientos acordes con el nivel de riesgo asumido –, es, en realidad, bastante acertada; cualquier observador puede reconocer que el 99% de las jornadas bursátiles del año, los mercados internacionales se comportan según los lineamientos de dicha teoría; y es que es imposible negar cómo los mercados de capitales modernos son un cúmulo de infinidad de agentes procesando toda información que pueda influir en el precio de un título – ¡sí, estando siempre guiados por la búsqueda del mayor beneficio posible! –, teniendo (normalmente) motivaciones para evitar riesgos excesivos. Es, entonces, importante retornar a la discusión de cuanta regulación financiera es conveniente, sobre todo en estos momentos, en los que el crecimiento económico es el gran problema mundial.
Los sistemas financieros cumplen una función fundamental en el crecimiento económico y su correcto desempeño depende de cuantas ataduras se le establezcan; dicha función es la de reasignar el capital en usos más eficientes: llevar los recursos de agentes con excedentes de capital a aquellos con necesidad de estos, y cruzar coberturas de riesgos de los menos a los más aversos. Estas mejoras en eficiencia están estrechamente relacionadas con lo que en Economía se conoce como la productividad multifactorial, esto es, aquella parte de la nueva riqueza de un país que no es generada por un aumento en la cantidad de los factores de producción, sino por alocaciones más eficientes de ellos. En otras palabras, al igual que las mejoras tecnológicas, la complejización y ampliación del sistema financiero permite que con el mismo capital, el mismo trabajo y los mismos recursos naturales, las sociedades produzcan más, mejorando así su calidad de vida material promedio.
Con ello, pese a la difundida percepción actual, el sistema financiero no es un ente destinado al colapso, un nido de ratas o el culpable de todas las desgracias e injusticias del mundo. La evidencia empírica sugiere que para el siglo XX, la mayor parte del crecimiento económico mundial fue generado por aumentos en la productividad multifactorial. En esa medida, el sistema financiero es un elemento clave de la mejora en las condiciones de vida de la población. Por consiguiente, si se desea disfrutar de los frutos que reportan las altas tasas de crecimiento económico, resulta indispensable fomentar la expansión del sistema financiero y, de una u otra forma, ello exigirá el relajamiento de las pretensiones reguladoras.















Leave a Reply